El Orgullo de una Escuela.
Una escuela de teatro debe ser un espacio donde la gente viene a temblar, a exponerse, a equivocarse, pero, sobre todo, a descubrirse.
Nunca ha sido Ramón María del Valle-Inclán un autor con el que conecte emocionalmente, aunque admire profundamente su grandeza. Por eso, cuando Anabel me dijo que iba a montar Divinas Palabras con la escuela, no me entusiasmó la idea. Pero ella insistió. Después de Lope, Eurípides, Shakespeare, Calderón, Lorca y Molière, era necesario visitar el esperpento. Hoy tras acudir impresionado a los ensayos de estas últimas semanas, me resulta evidente que como siempre, tenía razón.
Hay algo en Divinas palabras que me persigue y me remueve. No es el lenguaje. No son los personajes. No es siquiera la avaricia compulsiva que lo impregna todo. Es el carretón. Ese idiota paseado de feria en feria para provocar compasión y recaudar monedas, por quienes dicen quererle y cuidarle.
Me remueve porque es la imagen descarnada de la miseria humana. Y no puedo evitar ver similitudes entre ese carretón y muchos otros dornajos que hoy se arrastran por los caminos polvorientos de las redes sociales.
Hoy Laureano ya no es un cuerpo en un carro. Es una imagen. Una pose. Una intimidad filtrada. Un escándalo amplificado. La mentira de quienes solo a través de ella pueden conseguir los cuatro “likes” que necesitan para seguir soportando sus miserables vidas. Y lo más inquietante no es que exista ese mecanismo. Es que funciona.
Por eso siento tanto orgullo de nuestra escuela. Porque hay algo profundamente digno en ver a los actores apropiarse de un texto como este. Hacerlo suyo. Equivocarse, volver a intentarlo, reírse en los ensayos y llorar en los silencios hasta comprenderlo desde la emoción, porque el verdadero milagro del teatro social, no está en el título de la obra ni en el nombre del autor. Está en el proceso. En esa pequeña revolución silenciosa que ocurre cuando alguien descubre que puede hacer y sentir cosas que jamás pensó que podría hacer ni sentir.
Gracias, Anabel por tu propuesta y porque en un tiempo donde todo tiende a lo ligero, a lo rápido, a lo complaciente, decidir que nuestros alumnos atraviesen durante meses el esperpento, es un acto de fe en su alma y en su inteligencia. Y gracias a los integrantes de La Tejera por seguirte hasta dejar de juzgar y de juzgarse, para elevarse y construir este maravilloso espejo donde la suciedad se convierte en arte.
¡Sois grandes! De veras que lo sois.
Hoy volvemos a llenar el teatro, hoy el rito vuelve a comenzar..
C.Troyano
Nota: La imagen que acompaña a este artículo, ha sido trabajada digitalmente mediante inteligencia artificial a partir de una fotografía real de un ensayo.